Introducción
La narrativa dominante sobre Palestina suele reducirse a un relato de violaciones de derechos humanos, apartheid o conflicto religioso. Sin embargo, esta visión simplista oculta las raíces históricas y estructurales de un conflicto que se entrelaza con el colonialismo europeo del siglo XIX, el imperialismo contemporáneo y la lucha global de clases. Palestina no es solo un territorio ocupado, sino un campo de batalla donde convergen los intereses de las potencias capitalistas, las élites regionales y un proyecto sionista que, desde su origen, ha buscado la expulsión y el sometimiento de su población nativa. Este artículo enuncia cómo la causa palestina trasciende la demanda de igualdad jurídica para cuestionar un sistema de dominación colonial y económica que refleja las contradicciones del capitalismo mundial.

I.Los orígenes imperialistas: De la caída del Imperio Otomano al proyecto sionista

 El reparto colonial de Medio Oriente

Tras la Primera Guerra Mundial, provocado el colapso del Imperio Otomano, las potencias europeas —Gran Bretaña y Francia— reconfiguran la región bajo el esquema de mandatos coloniales. La Declaración Balfour de 1917, en la que el gobierno británico prometió un «hogar nacional judío» en Palestina, no fue un acto filantrópico, sino una estrategia imperial para consolidar su control en un enclave geopolítico crucial. Palestina, puente entre Asia y África, representaba un botín estratégico para garantizar el acceso al Canal de Suez y las rutas petroleras.

Sionismo y colonialismo de asentamiento

El movimiento sionista, surgido en Europa Oriental como respuesta al erróneamente denominado antisemitismo –pues los árabes son los semitas-, encontró en el imperialismo británico un aliado clave. Su objetivo —crear un Estado exclusivamente judío en tierras palestinas— requería desplazar a la población autóctona. Este proyecto no fue un «retorno» ancestral que es mentira, sino un proceso colonial basado en la compra masiva de tierras (a menudo mediante acuerdos con terratenientes absentistas), la creación de milicias armadas (como la Haganah) y la limpieza étnica planificada. La Nakba de 1948, con más de 750.000 palestinos expulsados y 500 pueblos destruidos, no fue un «error» de la guerra, sino la materialización de una ideología que equipara la autodeterminación judía con la supremacía étnica.

La complicidad de la ONU y la legitimación del despojo

El Plan de Partición de 1947, respaldado por la ONU, asignó el 56% de Palestina histórica a una minoría judía que entonces representaba el 33% de la población incluyendo a los judíos llegados de Europa tras las persecuciones de otros europeos, los nazis. Este reparto no solo ignoró la voluntad de los palestinos, sino que consolidó un régimen de apartheid para los palestinos que permanecieron dentro de las fronteras de Israel que fueron sometidos a leyes marciales hasta 1966, mientras que los refugiados quedaron condenados al exilio perpetuo. La creación de Israel fue, por tanto, un acto de violencia colonial avalado por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

II. De la resistencia anticolonial a la trampa de Oslo: La fragmentación de la causa palestina

La OLP y la lucha por un Estado secular y multiétnico

Hasta los años 90, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) encarnó un proyecto de liberación nacional que trascendía lo religioso. Su objetivo era la creación de un Estado democrático en toda Palestina histórica, donde judíos, cristianos y musulmanes coexistieran en igualdad. Esta visión, aunque no exenta de contradicciones, representaba un desafío radical al sionismo y al orden colonial.

Los Acuerdos de Oslo: La capitulación de la resistencia

En 1993, los Acuerdos de Oslo marcaron un giro catastrófico. La OLP, debilitada tras su expulsión a Túnez y la Primera Intifada, aceptó un pseudo-Estado fragmentado en enclaves desconectados (Áreas A, B y C), mientras Israel mantenía el control militar, económico y territorial. La Autoridad Nacional Palestina (ANP), creada como administración interina, se convirtió en un ente colaboracionista: su seguridad dependía de la coordinación con el ejército israelí, y su economía, de la ayuda internacional condicionada. La resistencia se redujo a una lucha por «derechos parciales», mientras Israel aceleraba la colonización de Cisjordania.

El apartheid como síntoma, no como causa

La comparación con el apartheid sudafricano es útil, pero insuficiente. Mientras en Sudáfrica el régimen racista explotaba a la mayoría negra como mano de obra barata, el sionismo busca eliminar a la población nativa. En Israel, los palestinos con ciudadanía (20% de la población) se enfrentan a más de 65 leyes discriminatorias que limitan su acceso a la tierra, la vivienda y empleos dignos. En los territorios ocupados sin embargo todo es más duro y cruel, el muro de separación, los checkpoints y los asentamientos ilegales configuran un sistema de represivo y violento, donde la vida palestina es reducida a mera supervivencia.

III. Palestina como cuestión de clase: Explotación laboral y diáspora

Los palestinos en Israel: Precariado por origen

Los palestinos con ciudadanía israelí son la clase trabajadora más explotada del país. Confinados en ciudades como Naplusa o aldeas no reconocidas en el Naqab (Negev), trabajan en construcción, agricultura o servicios con salarios 40% inferiores a los de los judíos. Esta discriminación no es un «residuo» del pasado, sino un pilar del capitalismo israelí, que combina alta tecnología militar con mano de obra barata y desposeída.

La diáspora y el derecho al retorno

Los más de 7 millones de refugiados palestinos —la mayoría en Líbano, Jordania y Siria— constituyen la diáspora más grande y prolongada del mundo. Negar su derecho al retorno (consagrado en la Resolución 194 de la ONU) no es solo una injusticia histórica, sino un mecanismo para perpetuar su condición de fuerza laboral explotable en países de acogida, sin acceso a derechos básicos.

La ANP: Un régimen neoliberal y colaboracionista

La Autoridad Palestina, lejos de representar a su pueblo, funciona como un intermediario del ocupante. Su policía reprime las protestas populares, mientras sus élites se benefician de contratos con empresas israelíes. El 80% de su presupuesto depende de ayuda externa, sometiéndola a los dictados de la UE y EE.UU., que exigen «reformas» de austeridad y «lucha contra el terrorismo» (es decir, contra la resistencia armada).

IV. El sionismo como brazo del imperialismo occidental

Israel: Estado-guarnición de la OTAN en Oriente Medio

Israel no es un actor aislado, sino un socio estratégico de EE.UU. y la OTAN. Su ejército, financiado con 3.800 millones de dólares anuales por Washington, sirve para:

  • Probar tecnologías de represión (drones, software de vigilancia) luego vendidas a dictaduras y a las “democracias occidentales” para espiar a sus pueblos.
  • Asegurar el acceso occidental al petróleo y gas del Mediterráneo Oriental.
  • Debilitar a los movimientos árabes laicos y antiimperialistas, desde el gran Nasser hasta la resistencia libanesa y siria.

Las élites árabes: Complicidad y normalización

Las monarquías del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Qatar— han abandonado cualquier retórica pro-palestina para aliarse de facto con Israel. Los Acuerdos de Abraham (2020) no solo buscan aislar a Irán, sino integrar a Israel en una alianza militar y económica que garantice el flujo de hidrocarburos y reprima los movimientos populares. Mientras los pueblos árabes apoyan masivamente a Palestina, sus gobiernos criminalizan la solidaridad y financian asentamientos.

V. Hacia la liberación: Palestina en la lucha de clases global

La resistencia palestina no puede triunfar si se limita a negociar con sus verdugos. Su fuerza radica en vincularse a las luchas contra el capitalismo, el militarismo y el racismo global. Ejemplos inspiradores incluyen:

  • La campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), que sigue el modelo del antiapartheid.
  • Las alianzas con movimientos antimperialistas de clase y por la soberanía nacional y popular, que reconocen el carácter interconectado de las opresiones.
  • La resistencia popular en Gaza, donde sindicatos, cooperativas y redes de mutualismo desafían el bloqueo.
  • La diáspora palestina no debe ser ajena a las luchas de clases y reivindicaciones populares y políticas de sus estados de residencia, no solo por justa reciprocidad solidaria, sino por impulsar un antinternacionalismo del que ellos y su pueblo resistente en Palestina, se pueden y deben beneficiar.

La solución no es un «Estado palestino» reducido a guetos, sino la descolonización total: el retorno de los refugiados, la desmantelarían de los asentamientos, capital en Jerusalen y la construcción de una sociedad basada en la justicia y el reparto, no en la identidad étnica. Como escribió el intelectual palestino Edward Said: «La paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de justicia».

 Palestina y el horizonte revolucionario
El genocidio en Gaza, la limpieza étnica en Jerusalén Este y la anexión silenciosa de Cisjordania no son aberraciones, sino la lógica de un proyecto colonial que sigue las huellas del imperialismo británico y norteamericano. La causa palestina es, en esencia, un espejo de las luchas contra el capitalismo y el neocolonialismo en todo el Sur Global. Su liberación dependerá de su capacidad para unirse a un frente internacionalista que enfrente no solo a Israel, sino al sistema que lo alimenta. Como gritan en las calles de Ramallah y Santiago de Chile: « ¡La lucha es una sola!».

Carlos Martínez – politólogo

Comparte:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *