Este artículo fue publicado el 18/3/2025 en su versión original en inglés en República de Palestina.
El pasado fin de semana saltó la alarmante noticia de que Mahmoud Khalil, estudiante de posgrado palestino-sirio en Columbia, se había visto acorralado por agentes del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en su residencia universitaria. Khalil, titular de un permiso de residencia permanente (Green Card) y cuya esposa está embarazada de ocho meses, fue secuestrado por el DHS tras ser informado de que su permiso de residencia había sido revocado. Tras su secuestro, el Gobierno estadounidense lo trasladó de un centro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cercano a su estado natal, en Nueva Jersey, a un centro situado a más de 1.300 millas de distancia, en Luisiana. A pesar de los claros esfuerzos del ICE, el DHS y la Administración Trump por acelerar su deportación, un juez federal ha ordenado su permanencia en el país hasta que concluyan los procedimientos que ha emprendido. En la actualidad, Khalil permanece privado de libertad por el ICE, y se desconoce su fecha de regreso a Nueva York.
El escalofriante efecto de este ataque ha resonado en todo el país, pero para quienes han estado siguiendo la creciente represión contra el movimiento estudiantil por Palestina, también antes de la elección del Presidente Trump, este acontecimiento no ha sido una sorpresa, sino algo que se veía venir. De hecho, 2024, el último año del gobierno de Biden, fue un año récord en cuanto al número de detenciones que se produjeron en los campus universitarios de Estados Unidos. Miles de estudiantes de todo el país fueron detenidos, sometidos a la brutalidad policial, a procedimientos universitarios y otros tipos de abusos. Su supuesto «delito» o «violación de la conducta estudiantil» fue protestar por el apoyo de sus universidades al genocidio estadounidense-israelí en Gaza y el beneficio que obtuvieron mediante sus inversiones financieras en la industria de fabricación de armas.
El espectacular auge del movimiento estudiantil por Palestina se produjo simultáneamente con el creciente movimiento de solidaridad mundial con el proyecto de liberación nacional palestino. Desde octubre de 2023, miles de personas han organizado nuevas formaciones, millones han salido a la calle y voces de todos los rincones del mundo se han hecho eco de llamamientos a la libertad del pueblo y la tierra palestinos. De una forma sin precedentes, la narrativa dominante, sobre todo en Estados Unidos y Occidente, empezó a cambiar respecto a la lucha palestina. Ante la ausencia de intervenciones reales para detener el genocidio en Gaza, las masas de todo el mundo convirtieron sus ciudades en escenarios de lucha y campos de confrontación.
Los estudiantes universitarios de todo el mundo asumieron este papel con seriedad. Durante casi dos décadas, grupos estudiantiles, específicamente, en Estados Unidos, Canadá y Europa, han exigido que sus universidades corten sus vínculos financieros e institucionales con el Estado de Israel. Se aprobaron cientos de resoluciones y referendos estudiantiles exigiendo la desinversión material y académica del Estado de Israel; sin embargo, estos esfuerzos casi nunca pasaron de una fase simbólica. La perpetración del genocidio impulsó al movimiento estudiantil a pasar de exigir cambios simbólicos a cambios materiales, a medida que la complicidad de sus universidades en el genocidio comenzaba a quedar al descubierto. Existe una relación dialéctica entre la red imperialista que facilita este genocidio y el movimiento estudiantil que explica por qué, a medida que se intensificaba la violencia contra los palestinos, también lo hacían las tácticas de los estudiantes. Sin embargo, hay una diferencia fundamental en estas escaladas: mientras Israel y Estados Unidos intensificaban sus actos de genocidio, los estudiantes lo hacían para exigir el fin de ese genocidio.
Esta distinción es fundamental porque el discurso popular en torno a los levantamientos estudiantiles y las acampadas los descontextualiza, y tanto liberales como conservadores los califican de «extremistas» y «antisemitas». Es fundamental centrarse aquí en la segunda categorización, ya que las acusaciones de antisemitismo se han convertido en la base principal para atacar al movimiento estudiantil. De hecho, el Presidente Biden fue uno de los primeros políticos en condenar las protestas de la Universidad de Columbia en abril de 2024, calificando las actividades de los estudiantes de antisemitismo «flagrante». Esto no es nuevo, ya que las acusaciones de antisemitismo se han utilizado durante mucho tiempo contra los defensores de la liberación palestina, y en las últimas décadas se ha impulsado intencionadamente la adopción de la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), que incluye la crítica a la entidad sionista como antisemita. Por esta razón, no debemos dejarnos engañar por la aparente indignación liberal contra el ataque de Trump a Khalil y otros estudiantes por su organización en favor de Palestina. En realidad, es el Partido Demócrata y su liderazgo el que ha sentado las bases de las políticas extremas de Trump en la actualidad.
Lo que impulsa este consenso entre demócratas y republicanos en torno a la represión del movimiento palestino son sus intereses sionistas e imperiales compartidos, así como sus claras intenciones de sofocar el creciente movimiento por Palestina en EE.UU. Aunque demócratas y republicanos pueden diferir en su metodología preferida para sofocar este movimiento, están unidos en el afán de reprimirlo. La violencia extrema ejercida por la entidad colonial de Israel, el incesante apoyo material, militar y diplomático que recibió de EE.UU. y la incapacidad de la comunidad internacional para intervenir en un genocidio documentado en las redes sociales han supuesto el despertar de las masas de todo el mundo. El espejismo pacífico que Israel había construido cuidadosamente desde su fundación se hizo añicos en cuestión de meses, revelando al mundo entero su verdadera imagen de no ser más que un Estado colonial fundado y perpetuado mediante el genocidio de palestinos.
Lo cierto es que el movimiento estudiantil por Palestina, y el movimiento pro-Palestina en su conjunto, ha generado varias crisis para la clase dominante de este país. Las acampadas estudiantiles que comenzaron en una institución de la Liga de la Hiedra (Ivy League) como Columbia y que rápidamente desencadenaron una oleada de levantamientos en otras universidades de todo el país, significaron un cambio crítico en la conciencia popular sobre el imperialismo estadounidense y el papel de las instituciones del núcleo imperial en la preservación de los intereses sionistas. Universidades que durante mucho tiempo han sido elogiadas por ser epicentros del progreso social y político llamaron a las fuerzas estatales a ejercer la violencia contra los estudiantes en sus propios campus. Universidades que se enorgullecían de desinvertir en la Sudáfrica del apartheid y en cárceles privadas se negaron rotundamente a desinvertir en empresas que ganan cientos de millones con la matanza de palestinos en Gaza. Estas medidas desvelaron a las universidades como simples espacios de reproducción social que se dedican a crear una generación de estudiantes carentes de cualquier capacidad de pensamiento crítico y de cualquier motivación para verse a sí mismos como instrumentos y sujetos del cambio social.
Estas contradicciones, agudizadas por la confrontación, desgarraron el propio entramado del engaño del imperio. Este análisis nos permite entender este momento de represión como algo mucho más profundo que la persecución por parte de la Administración Trump de una persona con permiso de residencia por actos protegidos por la libertad de expresión, como algunos podrían intentar presentar la detención de Khalil. Sigue sin estar claro qué es exactamente lo que viene a continuación para el movimiento palestino en Estados Unidos, y para los estudiantes en concreto, pero se espera un aumento de la represión, la posible criminalización y los continuos ataques contra las personas más vulnerables ya que todo parece ir en esa dirección. La respuesta del movimiento pro-Palestina y de quienes se solidarizan con él es especialmente crítica en estos momentos. Debemos tratar de proteger a nuestros estudiantes y sofocar los claros esfuerzos por destruir los cimientos de nuestro movimiento en Estados Unidos.
El equipo editorial de República de Palestina.
