Madar, 5 de noviembre de 2025
Musa Abu Hashhash (Palestina Ocupada)
Traducción: La republica de Palestina
La más bella de las madres es aquella que esperó a su hijo… y él regresó.
Escuchar en los medios sobre el asesinato de un niño ya no parece un hecho excepcional; más de veinte mil han sido asesinados en Gaza. Que una madre pierda a su hijo —o incluso a sus cinco hijos— se ha vuelto algo tan repetido que ya no añade mucho a la descripción de la tragedia palestina, ni cambia el veredicto sobre el ejército israelí: un ejército fascista, asesino de niños.
Pero todo cambia cuando te sientas frente a una madre que ha perdido a su hijo y la escuchas contar su historia. No solo te conmueve hasta las lágrimas, sino que te arranca de esa coraza del acostumbramiento, desmonta tu falsa entereza y te lanza dentro del suceso mismo, como si hubieses estado allí, parte de él. Entonces se agolpan en tu pecho emociones imposibles de conciliar: impotencia, rabia, dolor… y, en el fondo de todas, una tristeza insondable.
Me hizo llorar La más bella de las madres mientras intentaba contener sus lágrimas para narrar cómo asesinaron a su hijo, Mohamed, de nueve años, la tarde del 16 de octubre, por la bala de un francotirador israelí. También hizo llorar al periodista —un hombre íntegro y sensible— a quien acompañé hasta la aldea de Al-Rihiya, al sur de Hebrón, para traducirle una historia cuyo horror no se limita al cuerpo asesinado.
Alia Al-Hallaq, de 33 años, madre de Mohamed, se sienta serena, con un temple que parece imposible, esforzándose por contener el llanto mientras narra la historia del martirio de su hijo. Nos pide que escuchemos cada palabra, cada detalle minúsculo que para cualquiera podría parecer trivial, pero que para ella lo es todo. Ahí reside el relato de La más bella de las madres, donde la belleza se manifiesta en los ojos de las madres palestinas, nobles y firmes, y donde la heroicidad asoma en su forma más pura.
Alia dice:
“Mohamed regresó ese día de la escuela volando de alegría, cargando una mochila nueva que UNICEF había entregado a los estudiantes pobres: una mochila azul, sencilla. (La madre la trae para mostrárnosla).
Nunca lo había visto tan feliz. Su regreso con la mochila llenó la casa de alboroto; sus hermanos y hermanas se reunieron a su alrededor. Notó que su hermano mayor, Wajdi, de doce años, no sonreía al mirarla. Entonces, Mohamed dejó la mochila a un lado y dijo que volvería a la escuela para pedir una igual para Wajdi.”
Alia continúa:
“Intenté detenerlo. Le dije que Wajdi no estudiaba en la misma escuela, que no recibiría una mochila. Pero él ignoró mi advertencia y salió corriendo. Regresó después, sin la mochila. Yo ya había preparado el almuerzo, lo poco que Dios nos concedió, y pedí a mis cinco hijos que se calmaran y se sentaran a comer. Pero Mohamed no paraba quieto; quería salir. Le dije que no lo haría antes de comer, pero me ignoró y bajó a revisar la red con la que había estado cazando pajaritos bajo la casa.”
“Cuando volvió, me contó que había liberado un pájaro atrapado en los hilos de la red. A Mohamed le encantaban los pájaros: los atrapaba, los observaba, y luego los dejaba volar.”
“Después me pidió permiso para ir a jugar fútbol en el campo de la escuela secundaria de niñas, cerca de nuestra casa. Le dije que podía ir si comía y hacía sus deberes. Se rió y me dijo burlón: ‘¡Como si no supieras qué día es hoy! ¿No sabes que hoy es jueves?’”
“Reí. En ese momento vio una bolsita con aceitunas que mi tío nos había enviado esa mañana. Dijo que las machacaría antes de salir. Le dije que lo haría yo, pero insistió, tomó una piedra, las aplastó rápidamente y salió.”
“Salió Mohamed… y salí yo también, con mi padre y mi hija pequeña, Sila, de seis años, rumbo a la ciudad de Yatta, cercana, para hacer unas compras en un supermercado donde decían que había buenas ofertas. Mientras esperábamos en la entrada, sonó el teléfono en el bolsillo de mi padre. Corrí hacia él, le saqué el teléfono y contesté. Era mi tío. Preguntó: ‘¿Quién es el niño herido en la aldea?’”
“Le respondí: ‘¿Fue Mohamed?’”
“Mi tío reconoció mi voz y colgó sin decir más… No entendí nada.”
El periodista le pregunta si sabía que el ejército había entrado en la aldea esa tarde, y por qué arrebató el teléfono. Ella responde:
“No… fue solo un presentimiento. Sentí que esa llamada era para mí, no para mi padre.”
“No sabía que el ejército había entrado. Si lo hubiera sabido, ni habría salido de casa ni habría dejado salir a Mohamed.”
“Corrí hacia el conductor que iba a llevarnos de vuelta y le pedí que revisara su teléfono, que viera qué decían los grupos de la aldea. Lo hizo, y vi en la pantalla a unos jóvenes cargando a Mohamed, ensangrentado, su camisa escolar azul teñida de rojo.”
“Caí al suelo. Luego corrí al hospital. Mis familiares intentaron detenerme en urgencias, pero les supliqué que me dejaran verlo, solo para comprobar que aún respiraba. Me mintieron: dijeron que estaba bien, que la herida era leve, que los médicos me dejarían verlo en cuanto terminaran.”
“No les creí. Todo a mi alrededor me decía que Mohamed no estaba bien. Había cientos de personas afuera, algunas lloraban en silencio, cuidando que yo no las viera.”
“Quise creer. Me senté junto a la puerta cerrada, mirando sin parpadear, esperando que el médico saliera. Pasaron minutos que parecieron un año. Al fin, el médico salió y, lejos de mí, dijo a los hombres que el corazón de Mohamed se había detenido, pero lo habían reanimado. Que necesitaba sangre. Que estaría bien.”
“Cuando dijo que su corazón se detuvo, el mío también lo hizo. Perdí el conocimiento. Cuando desperté, tenía agujas en los brazos. En ese instante se abrió la puerta y vi pasar una camilla: sobre ella yacía Mohamed, empujado por los médicos hacia el ascensor. Corrí tras ellos, supliqué que me dejaran entrar, tocar su mano, sentir si aún estaba tibia. No me dejaron. Uno de los médicos dijo: ‘Un segundo de retraso puede costarle la vida’.”
“Arranqué los tubos de mis brazos y subí las escaleras hasta el tercer piso. Caí varias veces, pero seguí. Me senté frente a la puerta del quirófano, conteniendo el aliento, rogando a Dios por mi hijo, por nosotros.”
“De repente, la puerta se abrió. Salió un médico. En un instante, el silencio del hospital se convirtió en estruendo. Vi a la multitud subir y bajar gritando Allahu Akbar. No pregunté nada. El corazón de Mohamed se había detenido otra vez.”
“Desperté en casa. Esperé a que trajeran su cuerpo para despedirme… quizá para regañarlo, si mi corazón me obedecía. Quería decirle: ¿Por qué no corriste, como los otros niños? ¿Por qué te quedaste quieto, permitiendo que el francotirador apuntara con calma hasta dispararte una bala que atravesó tu costado? ¿Por qué no esperaste a que volviera con el pollo y las verduras para preparar la cena para ti, tus hermanos y hermanas?”
Alia guarda silencio, se seca las lágrimas y pregunta:
“¿Por qué mataron a Mohamed? ¿Qué amenaza representaba un niño de nueve años, parado a 250 metros de soldados armados hasta los dientes que entraron a la aldea sin motivo? En el video de una cámara cercana se lo ve con los brazos cruzados sobre el pecho… ¿Qué peligro podía ser?”
Nadie responde. Ni siquiera el ejército israelí, que abrió una “investigación”, puede dar una respuesta. Dicen que Mohamed representó una amenaza para la “seguridad nacional”. No pueden afirmar que murió por una bala perdida en un enfrentamiento, porque ese día no hubo combates, ni antes tampoco.
Alia rompe el silencio y dice:
“¿Saben? A veces pienso que el único motivo lógico para que le dispararan fue que los soldados supieron de su felicidad con la nueva mochila… y vinieron temprano a la aldea para matar esa alegría.”
Y pregunta finalmente:
“¿Hay otra explicación posible?”
Concluye la entrevista con un deseo:
“Sé que Mohamed no volverá. Pero solo quiero oír, algún día, que el soldado que lo mató fue castigado como merece el dolor que nos causó a mí, a sus hermanos y a sus hermanas.”
Yo, que llevo un cuarto de siglo documentando violaciones de derechos humanos para la organización israelí B’Tselem, y he registrado decenas de casos de niños asesinados como Mohamed, pude haberle dicho la verdad. Pero guardé silencio. Recordé que de las cientos de investigaciones sobre homicidios cometidos durante la operación Margen Protector en 2014, tras la ofensiva contra Gaza, solo una concluyó en condena: la de un soldado que robó un teléfono móvil a un anciano gazatí.
Todas las demás fueron cerradas por “falta de pruebas” o porque “el asesinato se ajustó a las normas y directrices”.
Musa Abu Hashhash da su testimonio sobre “La más bella de las madres”
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