Nader Sadaqa «el samaritano»… el soñador libre
Introducción
El cautiverio no son solo muros, sino tiempo comprimido y una conciencia reconfigurada por la fuerza. Y cuando el prisionero sale a la luz, no emerge únicamente como testigo del grillete, sino como portador de las grandes preguntas aún no resueltas:
¿Qué significa ser ciudadano sin patria?
¿Y cuál es el valor de la pertenencia cuando la ciudadanía se transforma en un sueño aplazado o en una nostalgia protegida por la represión?
En esta entrevista, el prisionero liberado Nader Sadaqa no ofrece únicamente un relato autobiográfico de la experiencia carcelaria, sino que se adentra profundamente en la deconstrucción de los conceptos de ciudadanía, pertenencia, identidad, el movimiento de prisioneros, la relación entre la cárcel y la calle, y el estado del acumulado nacional palestino tras décadas de ocupación, división, reparto y erosión de la estructura política y social. Es un texto de pensamiento político tanto como un testimonio de lucha, y una interpelación directa a toda una etapa histórica.
Nader Sadaqa, conocido entre la gente como “el Samaritano”, y como yo lo conozco: el soñador libre.
Hijo del Monte Gerizim, águila libre de los cuadros del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Nació en la ciudad de Nablus en 1977, en el seno de una familia perteneciente a la comunidad samaritana. Realizó sus estudios primarios y secundarios en la misma ciudad, y posteriormente estudió arqueología, para borrar las huellas de su enemigo ocupante.
Nader se incorporó al trabajo nacional y político desde muy temprana edad: desde la actividad estudiantil en las escuelas, pasando por el trabajo sindical universitario, hasta los marcos organizativos del Frente Popular, llegando a participar en la conducción de su ala militar en Nablus.
Fue detenido en 2004, tras dos años de persecución, acusado de más de 34 “cargos”, y condenado a seis cadenas perpetuas. Cumplió veinte años en las fortalezas del cautiverio, donde inició una nueva etapa de lucha, convirtiéndose en uno de los pilares del movimiento de prisioneros y de la rama carcelaria del Frente Popular, además de su participación activa en la escuela de las cárceles y en la formación política y organizativa de numerosos prisioneros.
Sobre el concepto de ciudadanía palestina
La cercanía a Palestina no implica necesariamente la realización de la ciudadanía palestina; es, en esencia, una cercanía al sueño de la ciudadanía. La ciudadanía no es un eslogan emocional, sino una formulación integral: la formulación del ciudadano, la formulación de la patria, y la definición de la relación entre derechos y deberes dentro de un marco político y social claro.
El concepto de ciudadanía es relativamente moderno, vinculado al surgimiento del pensamiento nacional a finales del siglo XVIII, cuando la pertenencia a una nación se convirtió en una condición para definir al ciudadano.
Esta pertenencia se compone de elementos culturales, históricos, lingüísticos y civilizatorios, pero por sí sola no es suficiente.
Una persona puede pertenecer a una nación sin poseer ciudadanía en ella; por ejemplo, puedo ser árabe desde una perspectiva nacionalista, pero no puedo ser “ciudadano árabe” debido a la ausencia de una patria política árabe unificada.
La ciudadanía difiere de la identidad nacional. No existe ciudadano sin derechos, y el ciudadano no siente su ciudadanía cuando se le exige cumplir deberes, sino cuando recibe sus derechos.
En el contexto árabe en general, al individuo se le exige cumplir deberes ilimitados a cambio de ser privado del mínimo de derechos, y dichos “deberes” suelen imponerse mediante la fuerza, el miedo y la represión.
La ciudadanía en el caso palestino
La experiencia palestina es más compleja.
El ciudadano palestino siente su ciudadanía a través de la pertenencia a la causa, la lucha y el derecho histórico, no mediante una práctica política soberana real. Esto ha encajonado la ciudadanía palestina en un marco romántico/nostálgico.
La experiencia de la Autoridad Palestina, aunque breve, reveló la fragilidad de este sueño: la ciudadanía pasó de ser un horizonte de liberación a una pesadilla burocrática deformada, similar en su forma a los modelos de ciudadanía represiva del mundo árabe.
La corrupción, la coordinación de seguridad y la destrucción del acumulado político llevaron a muchos a ver el colapso de esta experiencia como algo bienvenido, no como una pérdida nacional.
Bajo la ocupación, resistir a la autoridad extranjera se convierte en una defensa de una ciudadanía usurpada. Pero cuando la ciudadanía se transforma en una práctica interna local, emerge la verdad impactante: no hay ciudadanía real ni derechos, sino una administración represiva con herramientas locales.
La pertenencia: ¿componente o sustituto de la ciudadanía?
La pertenencia es un pilar de la ciudadanía, pero no es la ciudadanía misma.
En contextos de liberación nacional, la pertenencia se sobredimensiona para cubrir la ausencia de práctica soberana, transformándose en una burbuja que protege psicológicamente al individuo de enfrentar la realidad de la ausencia política y social.
No poseemos una patria soberana, ni instituciones políticas maduras, ni una sociedad civil independiente. La mayoría de las instituciones de la sociedad civil palestina están financiadas externamente, carecen de una agenda nacional real y operan, en muchos casos, bajo el techo de la “gran causa”, utilizada como excusa para suspender los derechos del ciudadano.
Después del 7 de octubre: ¿ruptura o continuidad?
La ausencia de un concepto nacional palestino participativo, así como la división política y geográfica, no fueron la causa del 7 de octubre, sino su resultado. El período posterior al 7 de octubre difiere del anterior en los hechos sobre el terreno, pero aún no ha producido una visión nacional unificadora capaz de reconstruir el concepto de ciudadanía o el programa nacional.
El movimiento de prisioneros y su relación con las generaciones
Cuando ingresé a prisión a los veinte años, las cárceles eran fortalezas nacionales que cumplían un papel histórico: una alimentación mutua entre la calle y la prisión.
La calle nutría a las cárceles con elementos de conciencia primaria, las cárceles los reconstituían política, cultural y organizativamente, y estos salían nuevamente a la calle con una conciencia más profunda, que a su vez volvía a nutrir a las cárceles.
Este ciclo produjo el acumulado político que condujo a la Primera Intifada. Pero tras la creación de la Autoridad, este ciclo fue deliberadamente quebrado: se neutralizó la calle, se destruyeron los partidos, se desmanteló el trabajo organizativo y se impidió que la calle practicara la política.
Hoy, las cárceles pierden a sus cuadros, y la calle las abastece con elementos no politizados, a veces incluso políticamente analfabetos, lo que ha impactado negativamente tanto al movimiento de prisioneros como a la conciencia de lucha general.
“Un fusil sin politización es un cortador de caminos”.
La imagen del prisionero hoy
La sociedad aún trata al prisionero como una “universidad itinerante”, un pensador y un líder ya preparado. Pero esta imagen ya no siempre es precisa.
El choque ocurre cuando la gente descubre que el prisionero liberado es un ser humano común, cargado de represión y privaciones, a quien no siempre se le permitió construir su conciencia personal como en épocas anteriores.
Esto no condena al prisionero, sino al contexto político y social que destruyó las condiciones para la producción de conciencia.
Sobre la voluntad y la realidad
Cuando se le pregunta al ser humano por el futuro, recuerdo la frase de Gramsci:
“La realidad es gris, pero la voluntad es un árbol verde”.
La voluntad es un acto subjetivo, pero está influida por la realidad. Schopenhauer describió con precisión la relación entre voluntad y razón: la voluntad es una criatura fuerte y ciega, y la razón una criatura vidente pero discapacitada. Cuando ambas se armonizan, el movimiento se vuelve fuerte y sano.
No basta con desear, ni basta con comprender; el camino de la lucha requiere una voluntad consciente y una razón lúcida al mismo tiempo.
Conclusión
Esto no es solo un testimonio sobre el cautiverio, sino un testimonio sobre la crisis de un proyecto, sobre una patria aplazada —o aún no nacida—, y una ciudadanía suspendida entre el sueño y la realidad, resistiendo la ausencia.
Nader, uno de los “Kanafani” de esta época, sigue golpeando las paredes del tanque, no solo para gritar, sino para convertir el sueño en acción, y lo imposible en un horizonte quebrable. Sigue golpeando las paredes del tanque para que no muramos en silencio.









