Del petrodólar al secuestro de la soberanía
República de Palestina – Editor de Asuntos de América Latina
Lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como un hecho aislado ni como un episodio pasajero dentro de un conflicto convencional entre un Estado “rebelde” y un imperio enfurecido. Lo que presenciamos es la condensación violenta de un momento global en el que la política se entrelaza con la economía, la moneda con la fuerza y la soberanía con el castigo. Un momento en el que el imperialismo se redefine no solo como ocupación directa, sino como un sistema integral de administración coercitiva del mundo cuando fallan las herramientas del mercado, se agota la persuasión y la violencia se convierte en el último garante del orden.
Desde mediados del siglo XX, la hegemonía estadounidense se ha sostenido sobre dos pilares inseparables: una superioridad militar sin fronteras y un sistema financiero global que asegura una demanda permanente del dólar. El acuerdo de 1974 entre Estados Unidos y Arabia Saudita para fijar el precio del petróleo en dólares no fue un simple entendimiento energético, sino el acto fundacional de un nuevo orden planetario: el sistema del petrodólar. Un sistema que permitió a Washington financiar sus déficits, sus guerras y su red de influencia global mediante una moneda que no obedece a las leyes naturales del mercado, sino a las reglas del poder y la coerción.
Dentro de esta ecuación, Venezuela no fue un país petrolero más, sino una anomalía estructural. Posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y, al mismo tiempo, eligió —de manera gradual pero políticamente inequívoca— salir de la órbita obligatoria del dólar. La aceptación del yuan, la apertura al rublo y al euro, la construcción de canales de pago fuera del sistema SWIFT y la aspiración de incorporarse a los BRICS no fueron decisiones técnicas ni meros cálculos financieros, sino actos de soberanía con un significado político explícito: la ruptura con el régimen de coerción financiera.
Aquí comienza la lógica del castigo. La historia reciente demuestra que quebrar el monopolio del dólar en el mercado energético no es una “aventura económica”, sino una línea roja imperial. Saddam Hussein, fue derrocado cuando planteó vender petróleo en euros, no cuaando por “armas de destrucción masiva” que jamás existieron. Muamar el Gadafi, cuando propuso el dinar de oro, no fue asesinado por ser un “dictador”, sino por atreverse a imaginar una África fuera de la hegemonía monetaria occidental. En cada caso, la narrativa estuvo lista: democracia, terrorismo, narcotráfico. Y en cada caso, el resultado fue el mismo: devolver el petróleo a la órbita del dólar y al Estado al redil de la obediencia.
Lo que ocurre hoy en Venezuela es la reproducción de ese patrón, pero en un contexto mucho más peligroso. El mundo ya no es unipolar y el petrodólar ya no goza de la inmunidad de otras décadas. Rusia vende una parte creciente de su energía en monedas distintas al dólar, China construye sistemas de pago paralelos y los BRICS avanzan de un bloque económico hacia un proyecto de soberanía monetaria. En este escenario, Venezuela —con su gigantesca reserva petrolera— se convierte en un acelerador crítico del proceso de desdolarización, no en un actor marginal fácilmente contenible.
Desde esta perspectiva, la operación militar y el secuestro del presidente venezolano no pueden entenderse como una respuesta jurídica a un supuesto “delito”, sino como un mensaje estratégico dirigido a todo el Sur Global, escrito en el lenguaje de la fuerza y no del derecho:
Liberarse del dólar no es una opción económica, sino un acto de insubordinación que se castiga.
Es en este punto donde se revelan con claridad los rasgos de lo que puede denominarse hiperimperialismo (1): una fase en la que el imperio ya no se conforma con administrar su dominación a través del mercado o la diplomacia, sino que recurre a una combinación compleja de herramientas —sanciones, bloqueos, guerras híbridas, piratería jurídica, reciclaje de élites e incluso intervención militar directa— para reconfigurar desde dentro las opciones de los Estados, mientras preserva la fachada de la “legalidad” y la “democracia”.
En este marco, los cambios políticos en América Latina —incluido el giro derechista en Chile— no pueden leerse como fenómenos estrictamente locales. Forman parte de un proceso de reajuste regional mediante el cual el continente es empujado nuevamente a su lugar de “patio trasero”. Así como Chile fue un laboratorio temprano del neoliberalismo impuesto por la fuerza en la década de 1970, hoy se reconfigura como un laboratorio de autoritarismo electoral blando: una democracia formal cuyas políticas buscan recuperar el control sobre los recursos y reducir los márgenes de soberanía.
Este proceso no puede separarse de Palestina, como el modelo más acabado del colonialismo contemporáneo. Así como Venezuela es hoy administrada mediante sanciones, bloqueos y piratería, Palestina es gobernada por la fuerza desnuda. En ambos casos, la represión se presenta como una necesidad para la “estabilidad”, la aspiración a la soberanía se criminaliza y la sumisión se ofrece como una opción racional y responsable.
Lo que presenciamos no es el fin de la historia, sino el choque abierto entre un sistema que agoniza y otro que ya esta por nacer. Cuando un imperio se ve obligado a recurrir a la fuerza militar para sostener su moneda, no es una señal de fortaleza, sino una confesión explícita de crisis. Y cuando los pueblos del Sur observan que quien se desvía del dólar es bombardeado o secuestrado, el mensaje puede invertirse: la liberación se convierte en una necesidad existencial, no en una opción negociable.
Venezuela no es el comienzo.
Es la señal del final de un sistema que ya no puede imponerse sino mediante la violencia.
La pregunta abierta hoy no es si el mundo va a cambiar, sino cuánto costará ese cambio, quién pagará el precio y quién se atreverá a pagarlo primero.
(1) El hiperimperialismo (Hyper-imperialism): es la forma más elevada del imperialismo y representa una situación de control de los recursos y los mercados mediante el uso de la fuerza militar por parte de los Estados dominantes.





