Episodio Dos
Entrevista por: República de palestina
El Cairo - Diciembre 2025
¿Cómo transformó Kameel Abu Hanish la prisión en una escuela de libertad?
Al inicio de nuestro recorrido con el miembro del Buró Político del Frente Popular, el ex prisionero y pensador Kameel Abu Hanish, nos detuvimos en el primer episodio en ese momento decisivo en el que cruzó la puerta de la prisión tras veintidós años, para descubrir que la libertad era un enfrentamiento duro con un tiempo que ya no reconocía. Abu Hanish nos relató, con una profunda amargura humana, cómo el mundo había cambiado durante su ausencia: de una “serenidad del sentido” a un “ruido de la materia”, donde las personas sustituyeron el calor de los encuentros reales por un aislamiento voluntario tras pantallas frías. Esto le provocó una sensación de alienación múltiple: la alienación del cuerpo, exiliado lejos de su familia en Cisjordania, y la alienación del espíritu, golpeado por el ritmo de una vida en la que todos corren sin llegar a ningún lugar.
En el episodio anterior, Abu Hanish nos colocó frente a una paradoja dolorosa: ¿cómo puede alguien salir de la prisión de muros de piedra para encontrarse atrapado en una cárcel invisible hecha de velocidad y consumo? ¿Y cómo la “liberación” puede convertirse en una carga cuando las almas de los compañeros siguen suspendidas en las celdas, y cuando la geografía se estrecha hasta convertir al teléfono móvil en una patria alternativa y en el único puente para tocar la mano de la madre o escuchar la voz del padre?
En este segundo episodio nos acercamos más a Kameel Abu Hanish como ser humano que atravesó una experiencia límite: una experiencia que lo despojó del tiempo, del lugar, de la elección y del amor, dejándolo cara a cara con la pregunta ineludible: ¿qué queda cuando casi todo es arrebatado?
Los años de fuego que vivió fueron un contacto cotidiano con el sentido. La prisión se presentó en su vida como una fuerza brutal que intentó reducir al ser humano a un número silencioso y a un cuerpo suspendido fuera de la vida. Frente a ello, Abu Hanish se aferró con una calma sólida a su derecho a seguir siendo un ser humano pleno. Se sentó ante el aislamiento como quien se sienta ante un examen prolongado, abrió los libros como se abren ventanas en un lugar asfixiante. La lectura se convirtió para él en un sistema de vida, en un ritual diario regular, en diez horas a través de las cuales se recuperaba el control del tiempo. Sentía que el tiempo, si se dejaba vacío de sentido, se transformaba en una carga pesada que devora lentamente el espíritu.
Con el paso de los días, la prisión adquirió otra forma en su conciencia: se transformó en un espacio duro para reordenar el interior, en un lugar donde las ideas son puestas a prueba y las convicciones despojadas hasta el hueso. Allí se revisó la herencia recibida, las certezas, y la relación con uno mismo y con los otros. El conocimiento desempeñó el papel de guardián: protegió el interior del endurecimiento y evitó que el dolor se asentara en el corazón como odio.
De esta experiencia se fue configurando su visión del aislamiento como una posibilidad humana. El aislamiento puede destruir, pero también puede abrir una rara puerta a la escucha profunda. Dentro de la prisión surgió una pequeña comunidad, cohesionada pese a la dureza, creada por los propios prisioneros a través de su conducta cotidiana. Una comunidad consciente de su fragilidad y celosa de su dignidad. La generosidad apareció en los momentos de escasez, el valor tomó la forma de la paciencia y el autocontrol, y el diálogo se convirtió en la válvula de seguridad que impedía deslizarse hacia la violencia. Existía una conciencia clara de que el grillete más peligroso puede nacer en el interior cuando los valores se desintegran.
Hablar de la prisión como una escuela de libertad surge directamente de esta experiencia. La libertad aquí es un estado interior, un equilibrio que protege al ser humano del colapso, una conciencia que toma el control del tiempo y evita que el cautiverio se convierta en una definición de la identidad.
Cuando observa a las nuevas generaciones, lo hace con la mirada de quien ha vivido las transformaciones, no con la mirada de la tutela. Ve energía, preguntas y una ira en busca de dirección. Las herramientas modernas no le preocupan tanto como la conciencia que las utiliza. La cuestión, a su juicio, tiene que ver más con la brújula que con la velocidad, más con el sentido que con el medio.
En su profundidad, esta es una historia de liberación de la reducción, una experiencia que confirma que la vida continúa mientras la conciencia permanezca viva, y que aquello que se construye en la dureza puede convertirse en un legado vivo, transmitido de generación en generación como una responsabilidad ética, no como un relato del pasado.
Desde el corazón de esta experiencia dura, abrimos con ustedes en este segundo episodio las preguntas que nacieron dentro de la celda, para comprender cómo Abu Hanish logró proteger su espíritu y su pensamiento de la ruptura. Buscamos aquí el sentido de permanecer libre a pesar del cautiverio, y cómo el ser humano puede redefinirse a sí mismo y a sus valores cuando se ve obligado a vivir durante largos años en un espacio cerrado. Es un intento de descubrir cómo la celda se transformó en escuela, y cómo el libro y la conciencia se convirtieron en el arma real con la que Kameel venció la ferocidad del aislamiento.
La formación de la conciencia en el corazón de la prisión
Kameel Abu Hanish aborda la experiencia del encarcelamiento como un momento fundacional, nunca como una ruptura. El tiempo que vivió tras las rejas no pasó para él como un vacío ni como una espera pesada, sino que se configuró como una capa profunda de su conciencia, una capa que reordenó su mirada sobre sí mismo y sobre el mundo. La prisión, en su experiencia, se presentó como un mundo completo: estrecho en su espacio, amplio en sus preguntas, duro en sus condiciones y rico en lo que revela a quien posee la paciencia de escuchar. Allí, lejos del ruido de la vida cotidiana, los pequeños detalles emergen con una claridad llamativa: los comportamientos humanos bajo presión, el sentido del tiempo cuando se vuelve abundante y asfixiante a la vez, y los límites de la fuerza cuando se ponen a prueba desde dentro.
En sus primeros años, el cuerpo estuvo presente en la confrontación, junto con la voluntad de resistencia. Con el paso del tiempo, la batalla se trasladó a un nivel más profundo: al espacio mismo de la conciencia. Abu Hanish no vivió la experiencia como un individuo aislado, sino como parte de un grupo joven cuyas características se formaron dentro de la prisión.
Participó en el trabajo organizativo y cultural, y en las luchas de resistencia contra el carcelero sionista. Contribuyó a construir una vida interior para los prisioneros, una vida que protegía su memoria y los mantenía unidos. Tenía una conciencia clara de que preservar la conciencia es una responsabilidad colectiva, y de que el ser humano, si pierde su capacidad de pensar libremente, se vuelve frágil aunque posea fuerza física.
En este espacio surgieron iniciativas culturales que transformaron las celdas en lugares de aprendizaje y diálogo, y mantuvieron vivo el sentido frente a los intentos de humillación y vaciamiento. A nivel personal, Abu Hanish eligió un camino estricto en su relación con el tiempo. Se impuso un sistema diario severo en su disciplina y simple en sus medios. El libro se convirtió en su compañero constante, y la lectura en un acto cotidiano comparable a la respiración. Pasaba largas horas entre la filosofía, la literatura y la política, buscando ideas como un náufrago busca aire.
Este cúmulo de conocimiento no quedó encerrado en su interior. Surgió una necesidad urgente de escribir. La escritura tomó la forma de un espacio abierto donde volcaba las preguntas y reorganizaba la experiencia. De este contexto nació su libro La escritura y la prisión, un texto que lleva la huella del sufrimiento y lo transforma en sentido, confirmando la capacidad de la palabra para trascender los límites materiales.
Los últimos años de su encarcelamiento ocuparon un lugar especial en su experiencia. Con la prolongación del camino, se fue formando una especie de serenidad interior y una visión más clara y pausada. Pasó de la posición de receptor a la de productor de conocimiento, de buscador de comprensión a acompañante de otros en su proceso educativo. Desempeñó el papel de orientador académico dentro de la prisión y acompañó a un gran número de prisioneros en su tránsito desde el analfabetismo hacia el mundo del conocimiento. Esta etapa estuvo marcada por un profundo sentido de responsabilidad y por la convicción de que el conocimiento, cuando se comparte, multiplica su valor.
La experiencia de Kameel Abu Hanish obliga a repensar el significado de la pérdida y la ganancia. Salir de la prisión representó una transición cargada de un capital humano e intelectual excepcional. El aislamiento impuesto se transformó en un espacio de prueba profunda que redefinió la libertad como un estado de conciencia antes que como un estado de movimiento. En este sentido, los muros retroceden y la idea ocupa el primer plano, y el ser humano que preserva su conciencia se vuelve más libre que un mundo amplio que puede estar encadenado por grilletes invisibles.
«Leía entre cinco y diez horas diarias»
Con esta frase sencilla, Kameel Abu Hanish resume una relación larga y compleja con el libro. Leer en prisión fue una forma de mantenerse íntegro. En un lugar donde las cosas son arrancadas una tras otra, la mente permanece como el único espacio que puede protegerse. Allí, entre muros estrechos, el libro se convirtió en un espacio abierto, y la inmersión en las páginas en un acto de recuperación del yo, un intento diario de aferrarse a la voz interior en medio del ruido silencioso de la opresión.
Las largas horas dedicadas a la lectura —entre cinco y diez horas diarias— fueron un viaje profundo por la historia de las ideas, por la psique humana y por las experiencias de los pueblos con el dolor, la libertad y el sentido. Con el tiempo, el libro se transformó en un pulmón adicional, en aire que se respira para que el interior no se asfixie. Cada nueva idea ensanchaba un poco los límites de la celda, y cada texto leído añadía una capa de comprensión que protegía el espíritu del desgaste. La lectura tomó aquí la forma de un acto existencial, una relación íntima con el conocimiento y con las grandes preguntas que no se aquietan.
Este vasto capital cognitivo no quedó confinado a la experiencia individual. Kameel llevó consigo un claro sentido de responsabilidad hacia quienes lo rodeaban. Dentro del cautiverio, se involucró en la enseñanza académica y acompañó a cientos de compañeros en un largo camino que comenzaba con el desciframiento de las primeras letras y se extendía hacia la apertura de las puertas del cuestionamiento y del conocimiento. La educación fue un acto de participación, una forma de solidaridad y un medio para proteger a la colectividad de caer en el vacío.
Sus días se extendían desde el amanecer hasta altas horas de la noche, entre lectura, explicación, debate y acompañamiento paciente. Las salas de detención se transformaron en aulas vivas, donde los prisioneros intercambiaban libros, ideas y debates políticos como la gente fuera intercambia asuntos cotidianos. En esos espacios nacieron intelectuales, se fortaleció la conciencia y se forjaron personalidades capaces de pensar críticamente, no solo de esperar.
A los ojos de Kameel, la experiencia carcelaria constituyó una prueba dura para el ser humano. Allí se consolidó una visión más profunda del significado de la pérdida. Los años transcurridos tras las rejas no fueron contabilizados como tiempo desperdiciado, sino como una etapa densa, colmada de aprendizaje, contemplación y autodescubrimiento. Lo que salió de la prisión fue un pesado capital de sabiduría y un conocimiento que no se adquiere fácilmente en condiciones cómodas.
Este cambio de perspectiva invirtió la ecuación: la dureza que pretendía vaciar al ser humano de su contenido produjo una conciencia más sólida y una sensibilidad más profunda hacia el dolor humano y hacia el valor de la justicia y la dignidad. La experiencia forjó una sensibilidad especial ante el sufrimiento y amplió la capacidad de comprensión y empatía.
La comunidad como alternativa al individualismo
Cuando Kameel reflexiona sobre los valores que se formaron dentro de la prisión, evoca la imagen de una comunidad cohesionada, creada en un lugar que se suponía destinado a la dureza y la fragmentación. Dentro de esta comunidad, el egoísmo retrocedió y avanzó el sentido colectivo. El diálogo se convirtió en una herramienta esencial para resolver los conflictos, la generosidad apareció en los momentos de mayor escasez y el coraje tomó la forma del compromiso ético y el autocontrol.
Los prisioneros vivieron como un solo cuerpo, regidos por criterios estrictos de integridad y respeto mutuo. Los valores se practicaban cotidianamente y se ponían a prueba en los detalles más simples. La preservación de la pureza interior se convirtió en una batalla constante, y la autoevaluación frente a las pequeñas trivialidades pasó a ser una conducta consciente frente a una maquinaria de represión que buscaba despojar al ser humano de su humanidad pieza por pieza.
De aquí surge la dolorosa paradoja que señala Kameel: la experiencia de la prisión profundizó el sentido de humanidad, mientras que el exterior, con toda su amplitud y ruido, a menudo diluye los valores en la maraña de intereses, superficialidad, desarrollo tecnológico desmedido y búsqueda de una vida digna. La pregunta que permanece tras la liberación no se refiere solo a la libertad, sino al destino de esos valores que se formaron en la “República de los Prisioneros”.
En este sentido, Kameel Abu Hanish salió de la prisión portando una concepción distinta de la vida misma: una vida basada en la conciencia, la solidaridad y la belleza ética, que coloca al ser humano en el centro del sentido, no en sus márgenes.
En la prisión, los conflictos se resuelven mediante el diálogo
Dentro de un espacio diseñado para ser un escenario permanente de violencia y quiebre de la voluntad, surgió entre los prisioneros una regla estricta: los conflictos no se resuelven con las manos. Esta regla representó una expresión profunda de una conciencia colectiva que protegía al ser humano de deslizarse hacia lo que el carcelero deseaba. El diálogo ocupó aquí su lugar como un acto de dignidad y como una forma de preservar la cohesión interior frente a la dureza circundante. Cuando la violencia interna retrocede, la razón avanza y la conciencia se convierte en el único espacio de soberanía disponible.
Con esta conducta, los prisioneros construyeron su propio modelo ético. Los muros levantados para el aislamiento se transformaron en espacios de diálogo, y las celdas destinadas al silencio se convirtieron en plazas de intercambio de ideas. En esos momentos, la ocupación era derrotada en un nivel más profundo que el político: era derrotada cuando fracasaba en desintegrar al ser humano desde dentro o en fundir su conciencia. El diálogo entre los prisioneros fue una práctica cotidiana de libertad y una afirmación de que el dominio sobre uno mismo es más fuerte que cualquier cadena.
La unidad de la esencia humana como puente entre generaciones
En su contacto con las nuevas generaciones dentro de las celdas del cautiverio, Kameel Abu Hanish no sintió una distancia temporal que lo separara de ellas. Lo que vio en los rostros de los jóvenes le devolvió las mismas preguntas que lo acompañaron en sus inicios. Cambió el lenguaje, se transformaron las herramientas y se aceleraron los ritmos, pero la esencia permaneció: una pasión por la libertad y la dignidad, un rechazo instintivo a la injusticia y un deseo de comprender el mundo y transformarlo. Esta visión hizo que su relación con los jóvenes se basara en la cercanía humana y no en la tutela.
Abu Hanish concibe la rebeldía juvenil como una energía viva, una materia prima que necesita una conciencia que la oriente y una cultura que le otorgue un horizonte de largo aliento. El peligro de la ira reside en la pérdida de dirección. Por ello, su enfoque se basó en la asociación, la escucha y la búsqueda de un lenguaje común que trascendiera las diferencias generacionales. En este sentido, el intelectual es quien se encuentra con el ser humano allí donde esté y construye con él un terreno común para la comprensión y la acción.
La prisión como legado nacional y memoria transmitida entre generaciones
En la conciencia palestina, la experiencia del cautiverio ha superado los límites del individuo para convertirse en parte del relato colectivo. Las historias que se transmiten de generación en generación no se cuentan solo como relatos de dolor, sino como testimonios de resistencia y pertenencia. Cuando el abuelo es encarcelado, luego el hijo y después el nieto, la experiencia se transforma en un hilo que vincula a la familia con la tierra y le otorga un sentido de continuidad a pesar de la pérdida.
Esta herencia preserva la memoria del desgaste y mantiene al prisionero presente en el imaginario colectivo como un modelo ético cuya conducta es observada e imitada. En los detalles de su vida cotidiana, en su lenguaje, en su paciencia y en su forma de tratar a los demás, los jóvenes encuentran rasgos de valores que desean proteger. Es un proceso silencioso de transmisión de la conciencia que mantiene viva la chispa del sentido incluso en los momentos de mayor confusión y división.
La batalla cultural donde comienzan los muros
Kameel Abu Hanish considera que el conflicto no se reduce a la confrontación directa, sino que se extiende a un campo más profundo: el campo del sentido. Preservar la conciencia dentro de las prisiones y educar a las generaciones en el pensamiento y la paciencia constituye una respuesta directa a los intentos de vaciar al ser humano de su contenido. En esta visión, el prisionero desempeña un papel cultural activo, productor de preguntas y participante en la elaboración de respuestas e ideas.
El recorrido de Abu Hanish revela que la prisión nunca cortó su vínculo con la vida, sino que lo intensificó. El conocimiento dentro de la prisión se convirtió en una necesidad diaria, y los valores éticos en líneas de defensa fundamentales frente a las políticas de castigo, represión y quiebre de la conciencia. En este sentido, los límites de la prisión comienzan en los muros y terminan en la amplitud de la visión. Cuando la conciencia se expande, los muros pierden su capacidad de control.
Conclusión
La vida de Kameel Abu Hanish dentro y fuera del cautiverio se asemeja a un texto abierto a la esperanza, un texto escrito en condiciones duras, línea tras línea, con una paciencia prolongada y una fe profunda en la capacidad del ser humano para proteger su sentido por más intensas que sean las tormentas. Lo que llevó consigo de la experiencia fue una conciencia forjada bajo presión, un conocimiento que creció en las celdas de aislamiento y en las complejas condiciones del cautiverio, y una humanidad que emergió más clara y sólida. La lectura se convirtió en su camino hacia la comprensión; la comprensión se transformó en postura; y la postura adoptó la forma de una resistencia permanente.
En este episodio nos acercamos a Kameel Abu Hanish como a un ser humano de carne y hueso obligado a enfrentarse duramente consigo mismo. Un diálogo que comienza desde el interior, desde ese espacio donde el ser humano es puesto a prueba lejos de los focos, donde solo permanecen las preguntas desnudas: ¿qué hace una persona consigo misma cuando el tiempo es cercado, el espacio se estrecha y la elección se posterga? Allí, en esa profundidad, comenzó la historia.
Por ello, los años de cautiverio para Kameel Abu Hanish fueron un contacto diario con el sentido y un espacio para pensar y reconfigurarse. El conocimiento desempeñó el papel de guardián, protegió el interior del endurecimiento y mantuvo vivas las preguntas. Los libros fundamentales que leyó abrieron ventanas en un lugar cerrado y mantuvieron las interrogantes abiertas de par en par. Dentro de este mundo estrecho se formó una pequeña comunidad cohesionada que construyó sus valores con un esfuerzo cotidiano.
Cuando Abu Hanish habla de la prisión como una escuela de libertad, el significado trasciende el lugar. La libertad es aquí un estado interior, una capacidad de dominarse a sí mismo y de no permitir que las circunstancias reduzcan al ser humano, violen su dignidad o fundan su conciencia con su causa nacional. Esta comprensión profunda de la libertad también acompañó su mirada hacia las nuevas generaciones: ve en la juventud energía, preguntas y una inquietud legítima, y reconoce en la diferencia de herramientas una apariencia externa que oculta una esencia común: la búsqueda de la dignidad y del sentido. Lo que esta ira noble necesita es dirección, una conciencia que trace el camino y una cultura que le otorgue un horizonte más amplio.
El viaje de Kameel Abu Hanish, en su esencia, es un viaje de liberación de la reducción, una salida de la imagen de la víctima y de definiciones estrechas de la supervivencia y la vida. Lo que se construyó en la dureza se transformó en un legado y una conciencia que se transmiten como se transmite la tierra: como una custodia, no como propiedad; como una responsabilidad, no como un relato del pasado.
Aquí, en este punto, concluye el segundo episodio para revelar que el ser humano, cuando elige proteger su conciencia y preservar su humanidad, puede transformar la experiencia dura en un sentido vivo y activo. La fuerza no reside en eliminar el dolor, sino en convertirlo en lecciones, comprensión y conciencia, para que la vida siga siendo posible y la libertad permanezca presente dentro del ser, a pesar de todas las ataduras externas.
Continuará… Episodio Tres
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