La república de Palestina - Febrero 2026
Watan Jamil Alabed
Escritor Palestino

Kameel Abu Hanish… de la celda al espacio público, cuando la historia vence al cautiverio

No es posible abordar la novela El conjuro de Al-Jalila sin situarla en la experiencia vital y política de su autor, Kameel Abu Hanish, cuya biografía constituye una de las claves esenciales para comprender su proyecto literario. Abu Hanish, prisionero palestino liberado, pasó más de dos décadas en las cárceles de la ocupación israelí, donde la celda no fue para él un espacio de aislamiento, sino un laboratorio de conciencia y escritura, un lugar para repensar la libertad, la memoria y la identidad.

Tras casi un cuarto de siglo de cautiverio, los palestinos fueron testigos de un momento cargado de profundo simbolismo: la firma pública de una de sus novelas, escrita íntegramente en la prisión de Ramon. No fue un gesto cultural menor, sino la proclamación de la victoria del relato sobre la cadena, y la salida del texto de la oscuridad hacia la luz, como un acto de resistencia no menos significativo que cualquier otra forma de confrontación.

En una entrevista publicada en el sitio República de Palestina – Episodios de libertad, Abu Hanish presenta una concepción profunda de la escritura como práctica emancipadora inseparable del acto de lucha, que lo reconfigura a nivel de conciencia y sentido. En su experiencia, la prisión no fue solo un castigo físico, sino un intento sistemático de quebrar la memoria, frente al cual convirtió la escritura en un medio de preservación del yo colectivo palestino y en una forma de resistencia de largo aliento.

Desde esta perspectiva, El conjuro de Al-Jalila no surge como una obra aislada, sino como la prolongación natural de un proyecto intelectual y literario que concibe la narración como una herramienta para recuperar el tiempo palestino usurpado y escribir la historia desde dentro, desde la experiencia vivida y no desde los márgenes de los relatos oficiales. Es una novela que no se limita a recuperar el pasado, sino que interroga lo ocurrido y desmonta la forma en que la memoria se convirtió en un campo central de la confrontación.

La geografía de Palestina antes del colonialismo sionista: el lugar como identidad

La novela comienza en la Palestina viva previa al colonialismo sionista, donde la tierra no es una propiedad, sino un ser vivo, y las aldeas no son puntos en un mapa, sino comunidades plenamente estructuradas. La geografía no funciona como telón de fondo, sino como agente histórico: los campos, los huertos de cítricos, los caminos, las estaciones, la lluvia y el trabajo agrícola configuran la conciencia del palestino sobre sí mismo y su lugar en el mundo.

Esta descripción deliberada restituye una verdad esencial: Palestina no fue una tierra sin pueblo, sino una patria con un tejido social completo que posteriormente fue objeto de desarraigo.

El mandato británico: el inicio de la fractura estructural

Con la llegada del mandato británico, la novela registra una transformación estructural profunda: el cambio de poder, la modificación de las leyes y la infiltración del proyecto sionista bajo protección colonial. No se presenta como un mero acontecimiento político, sino como una fuerza que comienza a descomponer la relación orgánica entre el ser humano y su tierra, sembrando miedo, sospecha e inestabilidad en una sociedad hasta entonces arraigada en su ritmo histórico.

La aldea de Al-Khayriyya: la comunidad antes del quiebre

La aldea de Al-Khayriyya aparece como la estructura comunitaria mayor que acoge a las familias y los housh. Es una unidad social, económica y cultural regida por las costumbres, la solidaridad y los vínculos horizontales. En ella se manifiesta la Palestina rural anterior a la Nakba: la cooperación, los mercados, las celebraciones, las estaciones y una vida organizada según un sistema social sólido.

Housh* Yousef: estructura y cohesión familiar

Dentro de esta comunidad amplia, el Housh Yusuf ocupa el lugar del corazón palpitante. No es solo una construcción, sino una estructura social simultáneamente cerrada y abierta: intimidad familiar y apertura al colectivo. Su división espacial —habitaciones, patio, niveles— refleja una cohesión intensa, donde el individuo forma parte del todo y el todo protege al individuo.

La novela presenta el housh como modelo de cohesión que más tarde se convertirá en un objetivo directo del colonialismo.

Al-Jalila y el joven: el amor en tiempos de estabilidad

La historia de Al-Jalila y el joven (Mustafa) no se escribe como un romance aislado, sino como parte de una vida normal previa a la catástrofe. El amor es aquí una extensión de la tierra, de la familia y del futuro posible. Esta dimensión humana confiere a la novela una profundidad particular, porque lo que se perderá no será solo la tierra, sino una vida entera que pudo haber sido.

La abuela Arifa encarna la memoria popular, la sabiduría heredada y el vínculo entre lo invisible y el sentido. El conjuro que da título a la novela no es una superstición, sino un mecanismo de supervivencia psicológica y espiritual al que la comunidad recurre cuando la política y las armas ya no logran explicar la devastación.

La novela documenta el martirio del jeque Izz al-Din al-Qassam, la Gran Huelga y la revolución palestina no como hechos históricos fríos, sino como acontecimientos vividos y sostenidos por la gente. El respaldo popular aparece como el elemento decisivo: la resistencia no fue una acción de élites, sino un estado colectivo general.

El martirio de Amin y Sa‘id y los ululatos* de las mujeres

En una escena cargada de significado, la novela vincula el martirio con los ululatos de las mujeres, no como negación del duelo, sino como transformación de la pérdida en postura. El zaghrouta se convierte en un acto político, en la afirmación de que la sangre no será el final del sentido.

La Nakba: cuando el tiempo se quebró y la gente no

El conjuro de Al-Jalila no aborda la Nakba como un evento súbito, sino como una serie de días pesados y acumulativos, donde la devastación se infiltra lentamente. Comienza con el miedo, el rumor, el eco distante de los disparos, hasta convertirse en una realidad ineludible: una expulsión forzada, casas abandonadas a toda prisa, llaves escondidas en los bolsillos y madres que cuentan a sus hijos cada pocos pasos.

En uno de los pasajes más duros, la novela describe el momento de la partida no como una decisión, sino como un desarraigo:

“No abandonamos las casas; fueron las casas las que nos expulsaron de repente, como si la propia tierra hubiera entrado en pánico.”

La Nakba no es solo la pérdida del lugar, sino la desintegración del tiempo. Lo que estaba destinado al mañana se cancela de golpe, y lo provisional se vuelve permanente. Luego llegan los campamentos: las tiendas, las filas, la harina, la espera. Los refugiados dejan de ser dueños de tierra para convertirse en portadores de memoria, aguardando un retorno que se prolongará.

La tierra y la construcción: transformar la derrota en supervivencia

Tras el choque, la novela no abandona a sus personajes en la intemperie existencial. Al-Jalila conduce hacia una idea central: la derrota no se mide por lo perdido, sino por lo que se construye después. En los campamentos, el exilio y las viviendas temporales, comienza una construcción paralela: la del ser humano y la del sentido.

Dice Al-Jalila en un pasaje que resume su filosofía:

“La tierra no es solo aquello de lo que somos expulsados; es lo que llevamos en la cabeza y sembramos allí donde somos obligados a vivir.”

Por ello, la construcción no fue una negación de la Nakba, sino una respuesta a ella. Una casa de piedra, una escuela, un árbol, un niño llamado como una aldea destruida: todas son formas de resistencia silenciosa que insisten en que el palestino no vive de manera provisional, ni siquiera en el exilio.

Gamal Abdel Nasser: la esperanza árabe

La figura de Gamal Abdel Nasser despierta una esperanza colectiva que trasciende fronteras, como símbolo de una etapa en la que el palestino creyó que la nación árabe podía recuperar su papel.

Salim y Al-Nouriya*: el conflicto de las costumbres

A través de Salim y Al-Nouriya, la novela plantea el conflicto de las normas sociales y revela que la sociedad no es un bloque homogéneo, sino un espacio permanente de tensión entre tradición y cambio.

Guerras y derrotas: una historia escrita con desilusiones

La novela registra etapas sucesivas de guerras y derrotas árabes, no solo como enfrentamientos militares, sino como una cadena de frustraciones que impactaron la conciencia colectiva. De una esperanza renovada se pasa a una derrota que devuelve a todos al punto cero.

Sin embargo, el texto no se hunde en la autoflagelación, sino que muestra cómo cada derrota generó una nueva forma de conciencia. Cuando cayeron los ejércitos, la idea no cayó; cuando los regímenes quedaron al descubierto, el palestino comenzó a apoyarse más en sí mismo.

El regreso a Salama: el encuentro con Dani

El retorno de Awda y Mustafa a la aldea de Salama y su encuentro con Dani, quien se apropió de su casa, constituye una confrontación entre dos narrativas: un derecho histórico frente a una usurpación protegida por la fuerza.

La acción fedayín* y Awda

Awda se incorpora a la acción fedayín y luego desaparece, convirtiendo la ausencia misma en una forma de presencia.

La herencia del fusil: de la memoria a la acción

En El conjuro de Al-Jalila, el arma no aparece de manera abrupta, sino como resultado natural de una larga trayectoria de injusticia. Se hereda como se heredan las historias, de generación en generación, pero no como un simple instrumento, sino como una responsabilidad ética.

Al-Jalila advierte sobre el fusil cuando se separa de su sentido:

“El fusil que no sabe por qué se empuña puede disparar contra quien lo sostiene.”

Aquí se establece la diferencia entre la resistencia como acto consciente y la violencia como reacción ciega. La novela se posiciona claramente del lado de la primera.

La acción revolucionaria: cuando el acto se vuelve necesario

Ante el bloqueo del horizonte político, la acción revolucionaria se presenta en la novela como una opción histórica, no romántica. Vemos la organización, la clandestinidad, la persecución, el miedo y las decisiones pesadas que no se toman a la ligera. La lucha armada no se muestra como heroísmo individual, sino como una acción colectiva rodeada de pérdidas previsibles.

Al-Jalila es arrestada, estalla la Primera Intifada y emergen escenas de arresto de colaboradores y resistencia popular organizada.

Fadi: cautiverio y firmeza

Fadi es capturado, resiste el interrogatorio y sale de prisión, para dar paso a la etapa de Oslo con todas sus contradicciones.

El regreso de Awda tras 26 años

Awda regresa después de veintiséis años, confirmando que la ausencia no anula la pertenencia.

Memoria, teléfono y diáspora

El teléfono que reúne a los hermanos de Al-Jalila dispersos por la diáspora se convierte en símbolo de la unidad de la memoria pese a la dispersión.

El martirio de Hassan: la sangre que abre el camino

El martirio de Hassan constituye uno de los momentos decisivos de la novela, no por ser el primero, sino porque llega en un instante de conciencia histórica, cuando todos comprenden que el camino no será corto y que la historia iniciada no puede detenerse en un individuo. Su muerte no se narra con épica, sino con un dolor denso, un largo silencio y luego continuidad, como si la pérdida misma se transformara en parte de la acción.

Dice uno de los personajes:

“Hassan murió, pero el camino no murió con él.”

En este contexto, la novela enuncia con serenidad su frase reveladora:

“Cada etapa tiene a sus hombres…”

No como consuelo, sino como comprensión del curso de la historia: cuando una etapa se endurece, no elige a sus hombres desde fuera, sino que los forma en su propio seno. Así, la novela reafirma que el martirio no es el final del relato, sino su inicio, y que la sangre, cuando se derrama con conciencia, no cierra el camino, sino que lo abre a una nueva generación.

La partida de Al-Jalila: el último ulular y el sentido de plenitud

El texto dedica un amplio espacio a la muerte de Al-Jalila, como si toda la novela hubiese preparado ese momento. Al-Jalila no parte en silencio, sino como vivió: reuniendo a la gente a su alrededor. El último zaghrouta no es una anomalía, sino la coronación de un largo trayecto de transformar la pérdida en fuerza.

En la escena final, Nasra exclama:

“Por Dios, de no ser por la vergüenza habría lanzado un ulular ensordecedor de alegría ante esta escena majestuosa. ¿Quién hubiera creído que esta mujer que salió de Salama con sus hijos y la ropa puesta dejaría tras de sí a todos estos hombres, jóvenes y muchachas…?”

Los ululatos estallan, no como burla de la muerte, sino como victoria de la vida que Al-Jalila sembró en todos. El viejo colgante en su cuello —que llevaba desde la infancia— brilla por última vez, como si condensara toda la novela: lo que se hereda no muere.

La enseñanza: lo que Al-Jalila representa para el pueblo palestino

Al-Jalila no es solo un personaje de ficción, sino una encarnación de la Palestina popular y resistente:

• Una mujer que no empuñó el fusil, pero sostuvo el sentido

• Salió de Salama con su ropa y dejó tras de sí generaciones de resistentes

• Vivió la Nakba, las guerras y las traiciones sin perder la brújula

En cada generación, como sugiere la novela, hubo:

un mártir, un perseguido, un prisionero… y una mujer que preserva la historia.

Por ello, El conjuro de Al-Jalila concluye no con la pérdida, sino con la certeza:

Toda es nuestra tierra,

todo es nuestro suelo.

Mientras la memoria esté viva

y la historia siga siendo contada,

la derrota no será un destino.

Nota

  • Housh Yousef: se refiere a un patio tradicional palestino, generalmente parte de un conjunto familiar extenso, donde varias generaciones vivían en torno a un espacio abierto compartido. Más que una forma arquitectónica, el housh funcionaba como un núcleo social, cultural y emocional: un lugar de vida cotidiana, relatos orales, memoria colectiva y resiliencia comunitaria.
  • En el contexto palestino, Housh Yousef adquiere una carga simbólica adicional: evoca pertenencia, arraigo y la continuidad de una vida interrumpida por el desplazamiento y la ocupación. Se erige como una memoria espacial del hogar, de la intimidad y de la identidad colectiva.
  • La ululación: (zaghārīd / الزغاريد) en la experiencia palestina, es la transformación de la voz en celebración, incluso en medio de la herida; es una alegría que resiste.
  • La ululación irrumpe en el espacio público como una declaración de existencia, como una celebración que desafía la lógica del silenciamiento. Cada zaghārīd es una afirmación de vida frente a los intentos sistemáticos de borrarla: una alegría que no pide permiso y una victoria pronunciada con la voz.
  • Al-Nouriya / Nā‘ūriya (نورية): En el uso palestino, Nouriya se refiere a una mujer asociada a comunidades itinerantes o marginadas, a menudo percibida como alguien que vive fuera de la vida aldeana asentada. El término no indica necesariamente una identidad étnica precisa (como la romaní), sino más bien una imagen social moldeada por el movimiento, la otredad y la distancia respecto a las normas dominantes.
  • Fedayín (singular: fedayee / فدائي): combatientes palestinos involucrados en la resistencia armada, definidos por la sacrificio voluntario, colocando al pueblo antes que al yo, y a la libertad antes que a la vida, en la búsqueda de la liberación nacional y la justicia social.

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